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OFICIO REPORTERO

OFICIO REPORTERO

Carlos Torres Oseguera

A tono con el 7 de junio que festeja la Libertad de Expresión, usaremos este espacio para comentar del fascinante trabajo del periodismo, en la perspectiva de las peripecias de un servidor  narrando cómo quedamos atrapados en este noble oficio y cómo hemos visto la evolución que ha tenido con la dinámica de la tecnología, el Internet, la fotografía digital, elementos que han aportado al trabajo periodístico atajos descomunales que en otro tiempos sin estas herramientas la actividad era titánica y más de una vez nos llevó por obstáculos  que conforme la memoria nos vaya orientando intentaremos citar.

 

Entre en broma y en serio yo le sugería a mis hijas que estudiaran si no iban a terminar de periodistas, bueno, es prudente aclarar que el oficio no está tan denostado como para tenerlo de mal ejemplo, como lo cita el narrador Mariano Azuela  en uno de sus escritos el oficio de reportero es bastante pedestre para no envanecer a nadie y claro mucho menos avasallarse como un trabajo denigrante, todo lo contario la tarea es una experiencia que un servidor y los que estamos ya cocidos con este trabajo  no la cambiamos por otro empleo eso sí, la espontaneidad en tono al oficio brinca en la ocurrencia de los que estamos en el gremio como la máxima del compañero Carlos Ureña ante el hecho de que el oficio no es una carga irremplazable y más de un colega ha tenido la oportunidad de dejar la reporteada para acceder a otro tipo de trabajo, ante ello Ureña tuvo la ocurrencia de citar que un periodistas, aunque se  encuentre un trabajo decente, no deja de ser periodista.

 

Como reportero un servidor encontró cobijo en Lázaro Cárdenas en las páginas de El Quijote, un semanario que sobrevivió a la turbulencia de una ciudad-sociedad en construcción, ahí empezamos  hacer periodismo-orquesta es decir reportear, redactar, ser fotógrafo, hasta compaginar y repartir el periódico en los puestos, entonces El Quijote se imprimía en Morelia, esto implicaba cerrar edición el domingo, Don Abel Macías su director enviaba por autobús cada domingo de hecho en la madrugada del lunes el sobre con las notas y las fotos que armarían la edición que se trabaja en talleres durante el lunes y en la mañana del martes ya estaba aquí la edición para su venta al público.

 

El antecedente está lejos a las condiciones actuales en que es posible con el Internet, no solo enviar las notas y fotos en menos de un minuto, si no que posibilita el hacer el diseño de las páginas tarea que puede hacer incluso el mismo reportero.

 

Cuando llegamos a Lázaro Cárdenas nuestros planes no eran el trabajar en un periódico, por una sencilla razón, no los había, salvo el semanario,  un periódico allá por la década de los 80, era más una aventura que una propuesta de empleo o de negocio, aunado a ello nuestra experiencia en redacción era casi nula con todo y que ante del Quijote ya habíamos trabajado en por lo menos cuatro periódicos iniciándonos en La Paz, de ahí migramos a Uruapan, luego Cancún, Zihuatanejo y Lázaro Cárdenas.

Antes de la terminal michoacana el oficio en los periódicos nos lo dio la fotografía, iniciándonos en la Extra, un diario que nació por esas fecha en que un servidor se quedó sin trabajo, laborábamos en la construcción de una termoeléctrica en La Paz, Baja California Sur,  sin mi trabajo original y con una cámara fotográfica que no sabía usar del todo, me fui a pedir empleo al periódico, me recibió un tipo flaco larguirucho, muy amable, tanto que no ser rió como lo esperaba cuando me preguntó que qué sabia en torno a un periódico y le dije que nada, ni siquiera sabía tomar fotos y estaba solicitando la chamba de fotógrafo.

Me mandó con Valencia, así se apellidaba y así le llamaban al jefe de fotógrafos, un tipo bonachón que soltó la carcajada que yo esperaba de mi anterior interlocutor cuando informé de mis nulos conocimientos en la materia, “pero bueno, quieres, parece que quieres aprender”  pero yo no doy la chamba me observó, llevándome con el director del periódico el señor Raúl cuyo apellido no recuerdo, tras escuchar mis aspiraciones, el dueño del diario me pidió que lo acompañara. Llevándome a la oficina de redacción, explicando qué se hacía ahí, luego pasamos al área de linotipos igual otra exposición sobre el trabajo que a esa hora no había nadie, tampoco en talleres, donde se imprimía el diario, ni en la mesa de diseño donde el director me dijo aquí es donde vas a trabajar, de ayudante, aquí vas a saber si te gusta, me dijo, el olor de la tinta, entonces vas adentrarte al oficio y así, en un santiamén se quedó atrás mi oficio de pailero que laboraba en la termoeléctrica, por el de… no sabía que era, pero el mundo del periodismo me cayó encima y me atrapó.

En La Extra me adentré en el oficio de la fotografía aprendiendo a tomar y revelar las fotos, mi primera experiencia como reportero gráfico fue acompañar a un reportero a una colonia donde no tenían agua, una pipa les aportaba el liquido dos veces a la semana y tenía tres semanas o algo así que no iba, mientras el reportero indagaba con los vecinos, yo caminaba tras él con los brazos cruzados escuchando con atención las vicisitudes de las mujeres sin agua, mi compañero me observa de tiempo en tiempo hasta que me cuestionó  ¿a qué viniste?  La pregunta me desconcertó, ¡pos me mandaron contigo para tomar fotos! ¿Y qué esperas? me inquirió, ¿y a qué le voy a tomar fotos? Pregunté, el compañero me agarró del hombro alejándonos de la personas. Si la gente dice que no tiene agua y si vez los chiquillos todos sucios, los tambos sin agua, el rostro molesto de los colonos, porque no les han traído el liquido ¿A que le tomarías fotos? entendí el mensaje y mis primera fotos publicadas tendrían otro acto chusco, desde la redacción el reportero me grito: Carlos como te apellidas; Torres, Carlos Torres le respondí, en la edición del otro día mis fotos salieron firmada como Carlos Flores.

En el diario éramos 5 fotógrafos cada día nos asignaban a un reportero, el de la fuente del estado, el del municipio, deportes, sociales que lo tenía asignado una mujer o bien con algún reportero de información general uno de ellos era Manuel Burgueño Orduño, un tipo arrojado en el oficio de tal que se ganó muchos enemigos gratuitos por la severidad de sus notas, de La Paz migró a Mazatlán donde fue asesinado, entonces era director de la revista  Deslinde y enseñaba periodismo en la Universidad Autónoma de Sinaloa.

En BCS el deporte preferido es o era el beisbol, sin tener siquiera idea de cómo se jugaba este deporte me enviaron a una final al estadio Guaicura  de la Paz, el encuentro lo trasmitían por radio la final implicaba una serie creo de que 5 partidos como en las grande ligas, cada encuentro se alargaba hasta la una de la mañana, y se cerraba edición hasta que culminara el partido por lo que el reportero solía abandonar el estadio unas dos entradas antes para ir haciendo la redacción, el partido lo seguía por la radio, en el quinto juego yo era el único fotógrafo del periódico, siempre había dos pero por una razón que no recuerdo solo fui yo, y era el que menos sabía de beisbol, el encuentro se definió con una jugada en home de esas con barrida y todo y la recepción del cacher a quién se le cayó la pelota en la jugada de la carrera clave, por una afortunada razón había logrado tomar la foto de esta acción lo que llevó al reportero ya en la redacción a pasar de la histeria al regocijo, cuando llegue al diario me cuestionaba si había fotografiado la jugada final, mi respuesta fue un sepa, yo nomas tomé fotos a bateadas, barridas y corridas, lo que le puso más neurasténico a Valenzuela así se apellidaba el reportero que me siguió hasta laboratorio fotográfico y una vez rebelado revisó el negativo señalando con euforia la foto que me demandaba, casi me daba un beso.

El laboratorio fotográfico era un cuarto obscuro y el revelado de las películas se hacía en charolas donde se calculaba el tiempo de revelado conforme a la temperatura que se medía con el dedo, nada de termómetros, o tanques especiales de revelado o cambios de químicos para asegurar la calidad de los mismo, toda esa improvisación hizo correr a un fotógrafo de la revista Hit, el tipo acudió a La Paz a cubrir un partido internacional entre un equipo mexicano y uno de Puerto Rico, portaba más de 5 cámaras fotográficas con telefotos y tripíes, apuntando una a jardín central, otra a tercera base, en suma nos apantalló con su coraza de cámaras, sin embargo cuando pidió permiso para usar el laboratorio de fotografía para revelar sus rollos se fue de espaldas al ver que no habían las condiciones para hacer un revelado de confianza, ni los fotógrafos de guerra son tan improvisados aseveró.

Qué diferencia las cámaras digitales de la actualidad donde ya no hay preocupación por el rollo mucho menos del revelado, cuanto hubiese deseado una de esas cámaras de la actualidad en una misión frustrada en La Extra, me enviaron a la terminal de ferrys donde un barco que cubría la ruta La Paz-Mazatlán atrasó su partida por más de 12 horas generando un tumulto entre el pasaje, en el periódico los fotógrafos nos surtíamos de películas cargando los magacines con tiras para tomar no mas allá de 10 fotos, o de ocho o de 20 en sí de diversos tamaños, pues otra situación que teníamos que resolver los reporteros gráficos, era hacer nuestra película de diversas sensibilidades lo que se resolvía en el laboratorio incrementando o reduciendo el tiempo de  rebelado, ante ello las fotos que tomé en el barco, ante la escasa iluminación al interior del navío donde se amotinó la gente implicaba forzar mi película a 1600 isos lo hice, y cuando llegué al periódico cual fue mi sorpresa al encontrarme que la cámara no tenía rollo. Hoy con lo digital se puede tomar fotos casi en la obscuridad aumentando o subiendo la sensibilidad de la toma y además, se puede ver al instante, una magia que años antes era inimaginable.

Mi último trabajo en La Paz sería también mi primer trabajo escrito, una crónica de la carrera Baja Mil una competencias de autos y motociclismo que inicia en Ensenada y termina en La Paz, la llegada a la meta dura todo el día y toda la noche en que van llegando los competidores que recorren más de 1500 kilómetros, la parte nocturna es la más atractiva por el ambiente que se genera, me queda presente aquella faena por un enfrentamiento a golpes y empujones que tuvimos los reporteros locales con un grupo de camarógrafos gringos que pretendieron impedir la labor de los mexicanos obstruyendo al momento de tomar las fotos, cosas del oficio y la dignidad nacional.

Cuando me fui de La Paz, Eleazar Camarillo un reportero que escribía sus notas mientras platicaba otro tema a la vez, me ofreció que podía buscarme acomodo en un diario nacional el Esto o el Ovaciones, pero me advirtió que en la capital mexicana acceder a un periódico de esos era enfrentar un celo casi de guerra por parte de los colegas, no fue necesario vivir eso con los chilangos a donde nunca acudí, lo sufrí en Uruapan en el Diario de Michoacán mi trabajo de fotógrafo  se veía entorpecido por los dos colegas que ya estaban ahí cuando entré, quitaban el foco de la ampliadora y metían uno corriente que no generaba una luz homogénea, lo que propiciaba en las fotos unos círculos de contraste y viendo con detenimiento se podía observar en la impresión el logotipo de Phillips que traían los focos que ponía mis tramposos colegas.

Allí en Uruapan vivimos otra dinámica del periodismo, la de la nota roja, lo que en La paz era casi nulo en Michoacán era la materia prima esencial y lo sigue siendo de la prensa local, esta dinámica se impuso en Lázaro Cárdenas justamente con los medios provenientes de Uruapan.

En Zihutanejo trabajamos en un semanario, la Crónica, un periódico más de tendencia social que tenía de atractivo principal las dos páginas centrales en que se hacía un collage de fotos cursis cortadas de formas caprichosas enumerándose hasta unas 70 imágenes, con un listado aparte para citar el contenido de cada foto, un trabajo que casi aborrecía por lo meticuloso, sin embargo la dichos paginita era la más  aparecida por los lectores de la Crónica.

El oficio de reportero escrito lo aprendimos aquí, con la orientación del compañero Jacobo Díaz Ortega fuimos dándole forma a la redacción, y la oportunidad de escribir en el Quijote como semanario, daba tiempo para armar algunos artículos más acabados, como el trenazo en 1992 cuando chocaron dos trenes uno de pasajeros y uno carguero, o la crónica de un sobreviviente y 5 desaparecidos en altamar entre muchos trabajos periodísticos  que hemos tenido en la oportunidad de trabajar en empresas como la Voz de Michoacán, la Jornada Michoacán, los diarios locales hasta la oportunidad de dirigir Deporteño, una revista que sigue ahí, en las ganas de revivirla, pues cuando uno se contagia del oficio quiere dejarse de ser reportero raso y llegar a general, pues es una de las motivaciones que deja eso de la libertad de expresión, donde cualquier individuo puede ser o parecer periodista.

 

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